SONETO PARA MARCOS

Sos el último bastión
de una raza que se termina
y que en ti aún camina
por la sierra Comechingon

El cerro Negro te saluda
el Champaqui te respeta
y empequeñecen ante tu silueta
tan gigante como menuda.

Te conocí ya leyenda
mojón de la historia
escondida bajo la venda
que tapa los ojos abiertos
de una sociedad sin gloria
que solo llora sus muertos.

Oscar E. Gonzalez

 

DOS GIGANTES

Orgulloso en las alturas
entre los filos emerge
con su singular figura
el cerro negro surge.

Desde el llano se ven
las sierras como en arcos
y tú a tus pies cobijas
al centinela centenario,
al patriarca de los cerros,
ni más ni menos, que a Don Marcos.

Decidor con su sola presencia
de toda una historia de vida
portador de sabia paciencia
de mente y alma, sanas
de limpia conciencia
ajeno a miserias mundanas.

Como pocos, reconocido
por su generosidad,
derrochador de cordialidad
cuando su casa se visita.

Jovial y agradecido
con respeto y humildad
al prójimo siempre se ha dirigido,
pues para vivir no necesita
más que el aire de los cerros.

En antaño, habilidoso cazador
de pumas, de cóndores,
de perdidos amores.

Experto trenzador
de tientos para látigos
cinchas y bozales.

Lo encuentra el fin del camino
renegau con la ceguera
que le impide reconocer a la gente
más allá que por su voz,
acepta sin quejas su destino
y se mueve de adentro hacia afuera
de su casa lentamente
pero si que tiene veloz
la picardía y la mente,
y de su mochila de sabiduría,
va sacando de a poquito
historias que cuenta despacito.